Celebraicón en el Santuario de San Cayetano
A primera hora de la mañana, el santuario de San Cayetano en Liniers comienza a recibir a los primeros visitantes, quienes llegan incluso bajo la lluvia de la jornada anterior. La escena, que se repite año tras año, es testimonio de una ferviente fe que ha perdurado a lo largo de las generaciones. Desde hace varias décadas, cada 7 de agosto, muchos devotos se congregan antes de iniciar su jornada laboral. Algunos realizan una oración breve, otros asisten a la misa y muchos aguardan unos instantes para entrar al templo, tocar la imagen del santo y dejar un símbolo de su petición, como una estampita, una vela o una espiga de trigo.
Un encuentro de fe y comunidad
Esta celebración es reconocida como una de las manifestaciones de fe más importantes en Argentina, donde miles de personas peregrinan anualmente al santuario en la calle Cuzco para agradecer por un empleo, solicitar la continuidad de trabajo o rezar por allegados que enfrentan dificultades laborales. El lema tradicional, “Paz, Pan y Trabajo”, ha sintetizado durante décadas el sentido de una devoción que resuena especialmente entre trabajadores, jubilados y familias de sectores populares.
El origen de la devoción
A pesar de que San Cayetano nació en Vicenza, Italia, en 1480, y fue canonizado en el siglo XVII, su conexión con el trabajo ha cobrado un significado singular en Argentina. Su veneración como patrono del trabajo y el pan se consolidó en la década de 1930, cuando el sacerdote Domingo Falgioni promovió su culto en un contexto de grave desempleo a causa de la crisis económica mundial. Desde entonces, la simplificación de su imagen con el Niñito Jesús y una espiga de trigo ha llegado a representar tanto la búsqueda de empleo como el sustento diario.
Los fieles y sus historias
El santuario abre sus puertas al amanecer, recibiendo a quienes por diversas razones buscan visitar este lugar sagrado. A diferencia de otras festividades religiosas, la celebración atrae a personas con diversos niveles de práctica religiosa. Algunos llegan para cumplir promesas, otros expresan gratitud por empleo conseguido tras períodos difíciles, y hay quienes rezan por mejoras en su situación económica.
En un momento destacado de la mañana, el arzobispo de Buenos Aires, Jorge García Cuerva, se unió a la multitud a las 9 de la mañana. Su presencia pasó desapercibida hasta que los medios de comunicación se acercaron a él, vestido con una túnica blanca con detalles lilas y acompañado por dos sacerdotes que trataban de esquivar preguntas sobre la visita del Papa Leon XIV. “Estamos a la espera de la decisión de la Santa Sede sobre el cronograma de esa visita”, comentó García Cuerva, también abordando el clima social al declarar que no apoya “los insultos”, concorando así con la posición del Santo Padre por la unidad.
Participación política y social
En el entorno del santuario también se destacaron figuras del peronismo, como el gobernador de la Provincia de Buenos Aires, Axel Kicillof, el gremialista Roberto Baradel y el líder social Juan Grabois. Desde distintos puntos de la ciudad, comenzaron a organizarse marchas de organizaciones sociales y políticas en dirección al santuario, además de otras manifestaciones de sindicatos y colectivos de izquierda hacia Plaza de Mayo.
El párroco del templo, Lucas Arguimbau, anticipó que el pico de asistencia se daría tras el mediodía, con filas que podrían extenderse hasta siete cuadras y un tiempo de espera promedio de una hora para ingresar. Observando la situación, mencionó que aunque la afluencia siempre es enorme, las personas de diversos contextos sociales acuden a la celebración.
Voces de los devotos
Algunos de los asistentes compartieron sus historias: Gisel Cristaldo, de 41 años, quien llegó desde Lomas de Zamora, trabaja como empleada doméstica y acude a agradecer en vez de pedir. Carlos Recofi, de San Miguel, trajo a su hijo de 26 años, quien busca dedicarse a la mecánica. María Leitte, de Caballito, llegó con donaciones de arroz y un rosario, deseando que su hija encuentre trabajo. Liliana Presiye, de Villa Urquiza, agradece y reza por ayuda, mientras María Victoria Llorente pide por más oportunidades laborales para ella y su novio en la enfermería.
Ritual dentro del templo
Las bendiciones dentro de la iglesia tienen una duración aproximada de tres minutos. Los fieles se acercan con las estampitas compradas previamente, que oscilan entre $1.500 por una o $3.000 por tres. Las entregan al sacerdote, quien las bendice, y el proceso incluye un momento de recogida, donde se escuchan las historias de quienes vienen de diferentes lugares.

















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