Un descubrimiento accidental que cambió el mundo
La historia de la ciencia está llena de invenciones que tomaron caminos inesperados, y la de Nathaniel Bagshaw Ward es un ejemplo notable. Este inglés desarrolló su interés por la botánica a los 13 años durante un viaje a Jamaica, donde se sintió cautivado por la diversidad de su flora. En el marco de una ferviente fiebre botánica en el siglo XIX, muchos en Inglaterra competían por cultivar plantas de todo el mundo.
A pesar de convertirse en médico, Ward mantuvo su pasión por la botánica y la entomología. Sin embargo, su jardín en Londres se vio frustrado por el ahogo causado por el humo de las fábricas en plenas Revolución Industrial. La solución llegó de un modo inesperado, gracias a un insecto.
El ingenioso invento de Ward
Alrededor de 1829, Ward quiso criar una polilla esfinge utilizando una crisálida en un frasco sellado con moho húmedo. Para su sorpresa, observó que un helecho comenzó a crecer dentro de ese ambiente controlado. Notó cómo el agua se evaporaba y condensaba, creando un ciclo que generaba la humedad necesaria para las plantas. Este fue el inicio de lo que se conocería como cajas de Ward, un concepto similar a un mini invernadero, construido con vidrio, madera y masilla.
Su primer ensayo con helechos fue un éxito rotundo, lo que le llevó a pensar que había resuelto el dilema de cómo mantener las plantas con vida durante largos viajes marítimos. Si se mantenían bajo cubierta, no recibían luz; si estaban al aire libre, el rocío salado las dañaba. Ward envió dos de sus cajas a Australia y recibió una carta del capitán del barco que elogiaba la vitalidad de los helechos en ellas.
Un impacto más allá de lo esperado
A medida que el tiempo avanzaba, el método de transporte de plantas se expandió, mejorando notablemente la supervivencia de estas durante los viajes. En 1833, el comerciante George Loddiges implementó el sistema de Ward y aseguró que el promedio de supervivencia de plantas había subido drásticamente. Sin embargo, el verdadero potencial de las cajas fue reconocido por aquellos con ideas estratégicas.
Ward publicó su libro sobre este invento en 1847, justo después de que Reino Unido ganara la Primera Guerra del Opio. Este conflicto inició cuando China dejó de aceptar el opio cultivado en India, desencadenando respuestas bélicas de los británicos, motivados por el gran ingreso que representaban los impuestos sobre el té. La Companía Británica de las Indias Orientales decidió que debía cultivar más té en India para sustituir las importaciones, lo que llevó al botánico Robert Fortune a contrabandear plantas de té de China en cajas de Ward entre 1848 y 1851.
Este sencillo acto rompió el monopolio del té chino, estableciendo plantaciones en Assam y Darjeeling.
Transformaciones en economía y agricultura
Un hecho igualmente impactante ocurrió 25 años más tarde, cuando el Ministerio de Asuntos Exteriores británico envió a Henry Wickham al Amazonas para obtener semillas de caucho, enviando unas 70,000 en cajas de Ward en 1876. Las plántulas germinaron en los Jardines de Kew y fueron enviadas a Sudeste de Asia, transformando el comercio del caucho y haciendo que Brasil perdiera su dominio en este sector.
Las cajas de Ward no solo beneficiaron a Reino Unido. Botánicos de otros imperios coloniales reconocieron su utilidad. Por ejemplo, el botánico alemán Justus Karl Hasskarl utilizó las cajas para trasladar plántulas de Cinchona officinalis desde los Andes a Java entre 1854 y 1856, lo que permitió a los Países Bajos producir casi el 90% de la quinina mundial a finales del siglo XIX.
El cacao, que había sido un lujo exclusivo de América, también se benefició de estas innovaciones, pasando a cultivarse en África Occidental, donde se convirtió en uno de los productos más valiosos a nivel comercial.
Una huella indeleble
La vainilla, otro artículo de lujo europeo, fue otro resultado del uso de las cajas de Ward. Aunque México tenía el monopolio de la vainilla, los franceses lograron llevar esquejes a Reunión, donde un esclavo llamado Edmond Albius descubrió un método de polinización, lo que permitió que Madagascar se convirtiera en el mayor productor de vainilla en el mundo.
En resumen, lo que comenzó como un experimento botánico se transformó en una herramienta crucial para el comercio y la agricultura global. Como señala el historiador Luke Keogh, esta invención generó una revolución en el movimiento de plantas, cuyos impactos aún son palpables hoy en día.



















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